El síndrome del impostor
- quiroesme
- hace 7 horas
- 2 Min. de lectura

Muchas personas que llegan a consulta —capaces, sensibles, preparadas— comparten en silencio una sensación profunda: “No soy tan buena como creen”, “En cualquier momento se darán cuenta”, “He llegado hasta aquí… pero no sé si lo merezco”.
A esto lo llamamos síndrome del impostor, pero desde una mirada más profunda, no habla de falta de talento, sino de algo mucho más íntimo: una herida temprana en el merecimiento.
No es que la persona no pueda, es que, en algún lugar de su historia, aprendió que tenía que ganarse el derecho a valer.
El síndrome del impostor suele nacer en la infancia emocional, no necesariamente en hechos dramáticos, sino en pequeños mensajes repetidos: “Puedes hacerlo mejor” “No es para tanto” “No te lo creas demasiado”. En ocasiones hay amor mezclado con exigencia, reconocimiento escaso o condicionado. El niño o la niña, para no perder el amor, aprende algo silencioso:
“Tengo que esforzarme para merecer”
Y esa creencia, sin darnos cuenta, viaja con nosotros hasta la vida adulta. Confundimos el valor con el esfuerzo.
Quien vive el síndrome del impostor suele ser una persona responsable, comprometida, sensible, autoexigente y con valores muy profundos.
No se trata de una inseguridad superficial sino una desconexión entre el talento real y el valor interno.
Logran cosas… pero no las sienten propias. Reciben reconocimiento… pero lo minimizan. Avanzan… pero con la sensación de estar “de prestado”.
Desde una mirada terapéutica y humana, el impostor se protege de la crítica, del rechazo, de la envidia y del miedo a “creérnoslo demasiado” En el fondo, el impostor susurra: “No brilles demasiado… por si te hacen daño.”
Y durante años, esa estrategia pudo ayudarnos. Pero llega un momento en que ya no protege… limita.
El núcleo del síndrome del impostor no es la capacidad, es la pregunta inconsciente:
“¿Tengo derecho a ocupar mi lugar?”
Cuando el merecimiento está herido: El éxito se vive con tensión, el reconocimiento incomoda, el descanso genera culpa, siempre parece que “falta algo”. La persona no se permite simplemente ser suficiente.
Sanar el síndrome del impostor no significa inflar el ego, sino reconectar con el valor esencial que no depende del rendimiento.
Es recordar:
Que tu talento no es un accidente
Que tu sensibilidad no es debilidad
Que tu camino no es un error
Que no tienes que demostrar para merecer
El merecimiento no se construye desde fuera. Se reconoce desde dentro.
Y cuando el merecimiento se integra, el éxito se disfruta y no se justifica, el reconocimiento se recibe y no se niega, el esfuerzo deja de ser deuda y la persona empieza a ocupar su lugar con naturalidad. No porque sea perfecta, sino porque deja de sentirse “impostora”.
Quiero dejarte con esta idea, sencilla pero poderosa:
No eres un impostor
Eres alguien que aprendió a sobrevivir dudando de su propio valor
Y hoy puedes empezar a recordarlo
Porque no viniste a demostrar que mereces
Viniste siendo valiosa/o desde el inicio





Comentarios