A Juana Marín, con gratitud y amor

Hay personas que llegan a nuestra vida y dejan un recuerdo. Y hay otras que dejan una huella que permanece para siempre.
Para mí, Juana Marín fue una de esas personas.
Hoy escribo estas palabras desde la tristeza de saber que ya no está físicamente, pero también desde una profunda gratitud por haber tenido la suerte de encontrarla en mi camino.
Mucho antes de imaginar que la Quirología llegaría a convertirse en una parte tan importante de mi vida, hubo una mujer que puso sus manos sobre las mías y me mostró algo que yo todavía no sabía mirar.
Fue Juana quien realizó aquella lectura de mis manos que despertó en mí una inquietud que, con el tiempo, se convertiría en un verdadero camino de vida.
Aquella lectura fue una puerta. A partir de entonces, las manos dejaron de ser solamente manos. Comencé a descubrir en ellas un lenguaje, una expresión de la persona y una forma diferente de acercarme a su historia y a sus procesos.
Y aquella semilla que Juana plantó continúa creciendo hasta hoy.
Pero Juana fue mucho más que mi maestra. Fue amiga, compañera y una persona fundamental en momentos muy importantes de mi vida.
Estuvo presente durante mi embarazo y en el nacimiento de mi primer hijo. Compartió conmigo momentos que forman parte de mi historia más profunda y, en muchos momentos, fue también como una madre para mí.
Por eso su ausencia no significa solamente perder a una maestra. Significa despedir también a alguien que forma parte de mi propia historia.
Con los años, y desde el lugar profesional que hoy ocupo, puedo valorar todavía más todo lo que Juana me transmitió. No solamente por sus conocimientos, sino por su ética, su profesionalidad y su manera de respetar a la persona que tenía delante.
Porque leer una mano no debería significar imponer una verdad sobre alguien. Debería significar saber mirar, escuchar, interpretar y acompañar. Estos principios forman hoy parte esencial de mi manera de entender la Quirología. Y sé que, de alguna manera, también nacieron de aquello que aprendí de ella.
Hay enseñanzas que recibimos de forma consciente y otras que aprendemos simplemente observando cómo es y cómo trabaja la persona que nos enseña.
De Juana aprendí de las dos maneras.
Creo que el verdadero legado de una maestra no está solamente en lo que enseña, sino en aquello que permanece vivo en las personas que tocó. Hoy, cuando tomo unas manos, cuando enseño a un alumno a observarlas o cuando intento transmitir una forma ética y responsable de entender la Quirología, sé que una parte de aquella semilla sigue presente. Quizá Juana nunca imaginó hasta dónde llegaría aquella primera lectura que hizo conmigo.
Pero su enseñanza continúa.
Continúa en mi mirada, en mis manos, en mi manera de enseñar y en todas las personas a las que, de una forma u otra, pueda acompañar a través de este camino.
Gracias, Juana
Por eso hoy no quiero despedirte solamente desde la tristeza. Quiero hacerlo desde la gratitud.
Gracias por haber aparecido en mi vida.
Gracias por aquella primera lectura que despertó en mí este camino.
Gracias por tus enseñanzas, por tu ética y tu profesionalidad.
Gracias por tu sensibilidad, tu carisma y tu enorme corazón.
Gracias por tu amistad y por haberme acompañado en momentos tan importantes de mi vida.
Fuiste mi maestra, mi amiga y mi compañera de alma.
Y mientras mis manos continúen hablando y yo continúe escuchándolas, una parte de tu legado seguirá caminando conmigo.
Gracias, Juana.
Por tanto.
Por todo.
Y para siempre.





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